En los últimos siete años he viajado a Asia, un viaje que se ha convertido en un ritual. El caos, el ruido, los olores, es lo primero que te dan la bienvenida en ciudades donde el tráfico es inhumano. Luego, poco a poco te vas alejando hasta llegar a pueblos donde incluso no hay casi turismo o tu eres el único.

      Fueron los viajes los que me motivaban a fotografiar. Lo que no hacía cerca de casa, lo empecé a hacer lejos. Estar mentalmente conectada al viaje, con todos los días abiertos a la improvisación, al cambio y a lo nuevo, me motivaba enormemente. Desde el primer momento, nunca faltó en mi mochila una cámara. Entre mis fotos de viaje me refugio, siempre que vuelvo a sentir esas ganas de irme y seguir conociendo el mundo e incluso para llenarme de esa energía de aventura.

      Los paisajes, los retratos, la forma de vivir y de hacer, la gente de fuera que viaja y los lugareños con sus costumbres y culturas son los argumentos para seguir reservando de forma sagrada un mes al año, tiempo para viajar.

       

       

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